19 mar. 2009

LAS MUCHACHAS FLOR



Somos la escena, lo femenino que guarda silencio, el suspiro exacto, el espacio eterno, la continuidad desolada, el ir y venir, el volar y el caminar, somos la memoria de memorias, la inspiración del mundo, el fuego que conserva miles de ensueños, el deambular infinito, el instante eterno.

Quiénes sino las mujeres han construido esta alteridad, estas grietas que nos develan el paso incesante del tiempo. Es lo femenino del mundo (la tierra, la cocina, la lluvia, la luna, la mañana, la tarde, la noche, la música, la dramaturgia, la poesía, la poética, la tierra, la vida, la escena) lo que crea esta grieta laberíntica que nos guarda, nos sostiene y nos detiene para mantenernos vivos. 

En medio de este orden mutable aparece el cuento El Árbol de la casa de las Muchachas flor del dramaturgo José Manuel Freidel, texto atravesado por lo femenino como afecto latente, como huella de contención e inmanencia en nuestra cultura, en esta historia van y vienen las noticias de guerra, llegan sin tiempo en medio de encierros para dejar las capas de mil recuerdos, poéticas devastadoras que deconstruyen el cuerpo de tres mujeres que recorren los pasillos interminables flotando, Cadnia, Rosa y Amapola se pliegan y contraen por el dolor de la muerte, en el miedo del afuera, y en medio de su encierro configuran un mundo alterno donde se conserva la memoria.